Del mythos al logos

Del mythos al logos

Una interpretación sobre los procesos perceptivos y cognitivos basados en el sonido y en la vista

Alfonso Castellanos

Antropología social

Escuela Nacional de Antropología e Historia

alfonso_caste@hotmail.com

El canto de las palabras.

“Aquel que quiera interpretar un misterio  debe ser un misterio.”

Proverbio chamánico, Ecuador.

Lo material y lo sonoro.

La esencia de todas las cosas que conocemos se remonta, hasta sus causas primeras, al origen del cosmos. Es innegable que la existencia de cualquier elemento de la naturaleza encierra en su más remoto átomo una reminiscencia directa con aquello que en el principio del mundo fundamentó por vez primera la posibilidad de su ser. Y este vínculo primordial de las singularidades con la totalidad no simplemente se manifiesta cuando nuestro afán por conocer nos orienta hacia él, sino que, más allá de todo momento y de toda particularidad, se eleva sobre todas las cosas, a todo momento, como la fuerza que las gobierna y las determina. Ninguna cosa tangible puede trascender los límites de su propio cuerpo. Y en la medida en que estos límites configuran la existencia de las cosas dentro de un ámbito espacial que las rebasa, ellas se ven igualmente afectadas por la potencia dinámica que, tal como les ofreció la vida, se las arrebata de forma ineludible. Ambas condiciones, la espacial y la temporal, fungen así como las dos grandes leyes del universo y, en consecuencia, de todo lo existente; son el motivo de todas las cosas y de la propia existencia.

Muchas cosas pueden venir a la mente al pensar en el universo. Ya sean productos de nuestra imaginación por tratar de entender algo que débilmente concebimos, o de nuestra inquietud por buscar en la experiencia de nuestros sentidos alguna pista que ilumine la manera en la que las cosas son y coexisten en el mundo, las conclusiones que saquemos de tales cuestionamientos no pueden ignorar la presencia evidente y constante de la materia en movimiento. Una y otro se nos presentan como facetas simultáneas de lo mismo, al punto de no poder entender qué es ésta sin referencia a aquél. Precisamente por ser los ejes de la existencia, materia y movimiento no pueden ser pensados aisladamente, como propiedades autónomas de un objeto; como si la materia pudiera situarse fuera de los dominios del cambio, o si el movimiento pudiera concebirse desvinculado del cuerpo físico. Fusionándose en continua tensión y equilibro, cada una no sólo constituye parte esencial de la multiplicidad de cosas que conforman la totalidad del universo, sino que están destinadas a ser la referencia misma a esa totalidad.

Por un lado, la materia encuentra en su carácter corpóreo la posibilidad inmediata de una presencia, infunde motivo de atención. Estática, inerte, e imponente, ésta es sólo la apariencia a través de la cual se levanta impasible en el ámbito físico pareciendo quedar a disposición de una fuerza externa capaz de trasformarla o alterarla. Pero lo que aparenta no poseer en sí ninguna capacidad para cambiar resulta en realidad entregarse sin remedio al desenvolvimiento de su propia duración. Todo lo material es transformable, entonces lo real se nos presenta como un todo cambiante. La nada no existe. Y lo que no es materia no es nada, es sonido. Pero este sonido primordial no es una nota constante, mucho menos melodía; es una sutil vibración continua, una frecuencia que resuena evidenciando el impulso que la anima. En su naturaleza dinámica y penetrante, es la canción eterna de la materia en movimiento, luego, del ritmo. El tiempo sólo puede ser concebido por los seres vivos de dos formas: como materia en movimiento, y como sonido. Así, lo sonoro y lo moviente surgen como su expresión perpetua, en donde el carácter rítmico aparece como señal y como reiteración de su propio desarrollo.

La intimidad de la naturaleza se nos presenta así, en un atisbo fundamental, pero sorprendentemente ubicuo, encarnada en los cuerpos que la componen. No cuerpos acomodados e inmutables, sino al contrario, sujetos al devenir, al cambio. Si pensamos en la manera en que percibimos el mundo, encontramos que el tiempo y el espacio se convierten en nuestra primera referencia de él, no es para menos, pues son su esencia misma. Tanto para los hombres como para los animales, el movimiento y el carácter fluctuante de las cosas son esenciales en su percepción del entorno[1]. El hombre paleolítico, en la experiencia sensorial de su propio cuerpo y de todo lo que lo rodea, no puede evitar atender con especial atención los fenómenos con que esta experiencia le invade, manifestados en forma regular y cíclica en la naturaleza. Y en el límite que impone entre su cuerpo y el mundo exterior, es ya capaz de percibir la fuerza inagotable del movimiento. La lluvia, los animales, las plantas y los astros, se vuelven los motivos primordiales de extendido y constante de interés. Como factores cruciales para su supervivencia, el hombre primitivo los ubica y los contempla, es necesario seguir los ritmos mismos de la naturaleza, pues con su apropiación se vuelve posible su identificación y su predicción. A través de la incorporación de estos ritmos, encuentra el medio para relacionarse, desde la interioridad de sus percepciones, con todo lo que no forma parte de él.

Aún sin siquiera pensar en el recurso del lenguaje hablado, este hombre primitivo se entrega a una vivencia dinámica que lo lleva a formar un mundo predominantemente rítmico, con el cual establece una estrecha conexión. Siguiendo a Marius Schneider, se hace posible una apropiación del mundo por medio de la imitación. Los hombres viven, miran, escuchan, sienten la naturaleza y entran en contacto con sus ritmos latentes: el día y la noche, el verano y el invierno, las lluvias y las secas, las migraciones animales, etc. integrándolos a su vida. “El hombre primitivo no suele analizar lo que ve; percibe cada fenómeno como una totalidad, es decir, como una forma rítmica indisoluble.”[2] Para Schneider, la contundencia de este principio, cuyo móvil principal es a todas luces el fenómeno rítmico, encuentra una de sus expresiones más reveladoras en la práctica del totemismo. Su exposición se encausa a demostrar cómo pudo ser realmente significativa la necesidad del hombre por imitar a los animales. El cazador que se enfrenta en cada expedición a los peligros e incertidumbres de su medio natural, en clara posición de desventaja frente a los seres que lo acechan, establece intuitivamente importantes vínculos con plantas y animales. De estos vínculos depende por completo la eficacia de sus esfuerzos. Tras una larga experiencia de aguda observación, que empieza a configurar una apreciable aproximación al conocimiento de sus presas y del medio en sí, el cazador desarrolla la capacidad de asimilar los ritmos ajenos para así apropiarse de la esencia de esos seres. El hombre se “mimetiza” resolviendo con la voz (gritos de animales) y con los gestos una estrategia eficaz para conseguir sus propósitos. Pero esto lo lleva todavía más allá, a un nivel en donde los símbolos que evocan estas prácticas se cristalizan socialmente en el contexto de los cantos, las danzas, los rituales mágicos y las representaciones zoomorfas, tales como las de las pinturas rupestres de infinidad de cuevas en todo el mundo, las cuales constituyen, por su permanencia en la piedra, nuestra única evidencia de una práctica que seguramente fue decisiva para introducir al hombre no ya a lo real inmediato de su ámbito material, sino al mundo metafórico que él mismo hubo creado.

Esta tesis, fundada por cierto sobre concepciones místicas del cosmos, llama la atención sobre puntos muy relevantes que podrían articularse en un eje motricidadcognición, además de que presenta de forma contundente la pertinencia del factor acústico como una clave fundamental en el desarrollo de los procesos de pensamiento. Por mi parte considero que este planteamiento es vital para ahondar en la forma en cómo la percepción y los sentidos juegan un papel que no ha de ser menospreciado en los procesos simbólicos que como antropólogos estudiamos.

Respecto a la teoría del totemismo, la hemos retomado sólo para insinuar algo que, si bien logra observarse de forma bastante clara en este caso, en realidad se extiende mas allá de una práctica, convirtiéndose en móvil fundamental de las relaciones que el hombre establece con su entorno. Si bien la relación entre hombre y animal proporciona un campo vastísimo de interesantes cuestionamientos, no es este el único caso que se da de apropiación de la naturaleza por medio de sus ritmos esenciales. Otro ejemplo singularmente interesante es el caso del ciclón, que entre el areíto de losindios antillanos alcanza un grado de representación muy llamativo para el control de su fuerza destructiva. Entre las tres culturas de los indios que habitaban la isla de Cuba, gunajatabibes, ciboneyes y taínos, se mantenía difundida con especial atención la danza conocida como areíto. En realidad una fiesta con todas las características de un potlatch en donde se competía en generosidad y hospitalidad, y situada entonces en un contexto ritual bastante sofisticado, el areíto formaba parte de una preciada tradición cuya trascendencia en la vida social de estas tribus era incomparable con cualquier otra práctica. Constituía el cuerpo de una tradición oral privilegiada que conservaba sus historias y sus conocimientos en cantos escrupulosamente acompañados de ritmos y danzas específicos que eran guiados por el tequina[3].

A propósito de las características danzas que se llevaban a cabo mientras rugía el ciclón, Fernando Ortiz comenta: “[…] esos areítos se caracterizaban miméticamente, no sólo por el estruendo de la música y los lúgubres bramidos de su gritería, según refiere Álvar Núñez [Cabeza de Vaca], sino también por su forma giratoria y específicamente sinistroversa o sea en el sentido contrario a la usual de las manecillas del reloj, que es la dirección única que sigue el torbellino del ciclón en el hemisferio boreal.”[4]

No podemos negar entonces que la naturaleza de estas prácticas, esconden una referencia a un mundo externo que el hombre, en su intento por entender y controlar, ha interiorizado, en principio, por medio del ritmo y del canto, es decir, por aquellas manifestaciones cuya vitalidad y dinamismo lo vinculan estrechamente con la esencia del universo del que cada cosa existente forma parte. Como lo deja ver el último ejemplo, este es sólo el principio de un recurso simbólico que alcanza una potencia inimaginable con la palabra hablada, capaz de conjuntar no sólo el ritmo y el canto primordiales, sino además un discurso cargado de sentido.

Ritmo, lenguaje y ritual

Tras hacer esta revisión sobre las implicaciones del movimiento en la percepción del hombre, nos enfocaremos ahora en uno de los fenómenos decisivos, y el más importante de ellos, para la articulación del pensamiento humano. Este es, sin duda alguna, el lenguaje. La naturaleza oral de la palabra hablada la sitúa en una relación inmanente con el sonido, el ritmo y la música. Esta característica fundamental del habla es la que a lo largo de este trabajo nos permitirá confrontarla con las nuevas posibilidades cognitivas que emergen cuando la escritura aparece en la historia de las culturas revolucionándolas de forma radical. Se verá entonces cómo tanto una como otra fundan las bases de procesos mentales cualitativamente distintos sobre los cuales profundizaremos más adelante. Por ahora lo que nos concierne es entender porqué los atributos del sonido hacen ser a la palabra lo que es.

Como capacidad vital del cuerpo humano para manifestarse, la voz es una característica esencial que le permite al hombre exteriorizar su voluntad, su experiencia interior. En estos términos, la voz es esencia de la música y del habla al mismo tiempo. Con el efecto que supone el comienzo del uso del lenguaje para establecer una comunicación entre unos y otros, los hombres naturalmente lo integran a la vida como componente fundamental de su existencia. La impresión del mundo, antes entregada a un juego místico de ritmos naturales convergentes, se amplía de forma tal que el lenguaje llega a ocupar el máximo privilegio en un mundo que, en primera instancia, nace de él mismo. Empero, la importancia de la esencia rítmica de las cosas no se ve abandona de la noche a la mañana, ni tampoco se abandonará nunca; antes, encuentra en el lenguaje una consustancialidad que lejos de alejar a una del otro, los funde en una potencia indisociable. Las palabras adquieren así un poder incomparable sobre las cosas del mundo; no es ya sólo el ritmo lo que confiere poder sobre éstas posibilitando su apropiación, sino la relación intrínseca entre ambos.

Según nos relata Carlo Severi, entre los rituales cuna de Panamá “…el acto de hablar está rodeado de tanta atención porque entraña una identificación del chamán con los espíritus vegetales, cuya lengua resulta capaz de hablar. No sólo habla con ellos, sino también como ellos.”[5] Este poder de la palabra queda igualmente constatado por el argumento de Schneider, respecto al cual “El lenguaje cantado constituye el intento místico supremo de penetrar o vivir la realidad, porque, según la teoría mística, los ritmos del lenguaje y de las palabras, una vez transpuestos en el plano musical, encierran la repetición microscópica, pero exacta, de los ritmos esenciales de los fenómenos que designan. Cuando el ser humano habla cantando, llega a ser en ese momento la esencia del objeto que menciona.”[6]

Entre las lenguas Mandé de África Occidental (maninkakan, bamanankan, djoula), el término foli se utiliza para referirse tanto a la palabra hablada como a la música percutida y de otros instrumentos. Además de estos significados, foli también quiere decir ritmo y algunos toques de tambor se nombran en parte con él, como senefoli, féfoli, kögnöfoli, kenefoli, etc. El músico es llamado con el nombre del instrumento que toca más el término fola al final, en este sentido el djembéfola es aquél que “hace hablar” al djembé, el balafola el que “hace hablar” al balafón, etc. Por lo tanto la categoría del músico no se excluye de aquella que constituye una de las funciones más preciadas en la sociedad, la del djeli, el poeta y músico dueño de las palabras. Este caso, además de ser uno de los tantos que ponen en evidencia la existencia de una tradición casi universal en donde los instrumentos – principalmente el tambor y la flauta- hablan, no hace otra cosa más que llamarnos la atención sobre el estrecho vínculo entre lenguaje verbal y música. En efecto, pensando ambos como tipos diferentes de lenguaje, el papel que se les ha otorgado en la mayoría de las culturas ágrafas nos indica que el sentido metafórico específicamente rítmico que los identifica es sobresaliente.

Por otro lado, la palabra no pude ser entendida jamás como una singularidad autónoma. No se puede pensar pues, en el significado que un solo elemento puede revelar. Si algo caracteriza a la palabra hablada es, de hecho, su articulación con otras palabras, relación que les confiere sentido solamente como parte de un todo. Del mismo modo a como ocurre en la música, un sonido, que es un elemento aislado de un sistema mayor de sonidos diferenciados, no evoca ni expresa nada ya que, como bien señala Edmund Leach, “los indicadores en los sistemas de comunicación no verbales, al igual que los elementos sonoros en la lengua hablada, no tienen significación aislados, sino sólo como miembros de conjuntos. Un signo o símbolo sólo adquiere significación cuando se le diferencia de algún otro signo o símbolo opuesto.”[7] Aparte de esto, es preciso recalcar que la totalidad de los conjuntos no se refiere única y exclusivamente a un contexto amplio de meras palabras o meros sonidos como puede suceder en ciertos casos, sino que se vuelve indispensable relacionarlos además con otros símbolos que no dejan de entrar en la dinámica comunicativa. Éstos pueden ser de varios tipos: gestuales, pictográficos, máscaras, animales, plantas e instrumentos determinados. Pero lo más importante de esto es, en todo caso, que enfatiza la necesidad de considerar el ámbito en el que estos diversos canales se circunscriben, o sea el ritual.

El ritual crea y recrea un mundo que se contiene dentro de sí mismo. A través de las relaciones que surgen de la multiplicidad de figuras, movimientos, expresiones y sentidos que lo permean, condensa en una experiencia común una concepción del mundo rica en emociones e interpretaciones. El flujo dinámico que brota del principio vital humano que lo anima le permite arraigarse de un modo contundente en la interioridad del hombre. Mientras que “[…] los partícipes del ritual comparten simultáneamente experiencias comunicativas a través de muchos canales sensoriales diferentes; están representando una secuencia ordenada de sucesos metafóricos en un espacio territorial que ha sido ordenado para proporcionar un contexto metafórico a la representación.”[8] No hay tal cosa como actores y espectadores ya que todos participan activamente en la simultaneidad que los reúne. Forman parte de un desarrollo de acciones coherentes que se concentran en el espacio y en el tiempo ritual, un ámbito en donde se trascienden todos los niveles de la vida cotidiana para desplazarse hacia una vivencia sagrada del mundo. La palabra fluye e inunda la atmósfera y, en ese mismo fluir, se vuelve una y la misma cosa junto con el “coro” simbólico que cada dimensión sensorial aporta a la representación. Así se forma un “conjunto rítmico”, una confluencia de lenguajes, que en su naturaleza evanescente desaparece dejando en la memoria la constatable impresión de un sentido latente, único en su naturaleza efímera, y por ello siempre susceptible de ser renovado. Esto es lo que lleva a Leach a afirmar que “[…] las mismas celebraciones rituales, por ser dinámicas, deben considerarse como señales que automáticamente desencadenan un cambio en el estado (metafísico) del mundo.”[9]

El mundo oral.

“Hablar no es fácil;

no ser hábil para hablar no es fácil.

Estoy haciendo algo que he aprendido,

no estoy haciendo algo para lo que haya nacido.”

La épica de Kambili, Mali.

Probablemente corresponde a Malinowski uno de los primeros intentos por enfatizar en el estudio del lenguaje las propiedades pragmáticas que se derivan de la enunciación de la palabra. La potencialidad del enunciado como elemento decisivo en la construcción del mundo al que designa fue motivo de un creciente interés que llevó al etnógrafo de las Trobriand a poner una especial atención en la palabra y en la manera en que el discurso nace para dar vida a una realidad que sólo logra configurarse a raíz de él. En este sentido, Malinowski privilegió su atención sobre el funcionamiento social de la magia, la cual parecía ser la condición fundamental de los nativos para llevar a cabo cualquier tarea significativa y asegurar así su eficacia. La visión pragmática de la lengua fue casi al mismo tiempo explorada a detalle por Wittgenstein y por Austin, quienes desarrollaron sus respectivas posturas con respecto a la naturaleza del acto del habla manteniendo puntos filosóficos de vista esencialmente distintos.[10] Sin embargo, en su época los postulados del segundo alcanzaron a popularizarse entre un público más amplio debido a su difusión por parte del filósofo americano John Searle.

Entre los planteamientos de Austin encontramos un sesgo significativo hacia la capacidad creativa del habla. El acto de hablar supone que cuando decimos algo no sólo “establecemos secuencias significativas de sonidos que han de valorarse solamente por su gramaticalidad y valor de verdad. Por el contrario, cuando decimos algo, hacemos siempre algo.”[11] Y es esta implicación de acción que surge desde la palabra la que ha de situarnos siempre en el contexto determinado en que ellas se insertan sin perder nunca de vista la intención que las articula. Para Ricoeur, por ejemplo, el carácter principal del habla nos remite irrevocablemente a la dialéctica entre acontecimiento y sentido. Así, la palabra como acontecimiento nos ubica en un contexto situacional en donde los momentos se diluyen cuando el lenguaje cesa de ser actualizado. No obstante, aunque la palabra sonora y real muere así en ese instante, queda algo que la trasciende y que la deja impresa en nuestra experiencia, esto es el sentido del discurso: “[…] Un acto de discurso no es meramente transitorio y evanescente. Puede ser identificado y reidentificado como lo mismo para que podamos decirlo otra vez o en otras palabras. […] A través de estas transformaciones conserva una identidad propia que puede ser llamada el contenido proposicional, lo “dicho como tal”.”[12] Pues bien, como iremos viendo, este atributo activo y dinámico será lo que encuentre mayores diferencias y contrastes con la escritura, en la que el carácter material, luego visual, de la grafía se estructura en un texto fijo utilizando una palabra fragmentada, y por lo tanto analizable, lo que desencadena consecuencias cognitivas de muy diverso orden. Pero atengámonos por ahora a contemplar las dinámicas de la oralidad y cómo ellas fundan los procesos vitales en los que se basa el conocimiento de las culturas orales. [13]

Lo oral, desde el ángulo perceptivo, y también del comunicativo, nos remite necesariamente a todo lo que tenga que ver con el habla, es decir, con la actualización misma del lenguaje en el momento de verbalizar las palabras. El fenómeno oral encuentra su esencia prístina ligada al sonido, un sonido producido por la articulación de la voz que se proyecta a través de construcciones tan variadas como tipos de testimonios sean posibles. La oralidad se funda de hecho en lo oral, entendiéndose entonces como la facultad de guiarse por el medio auditivo para la transmisión de un mensaje a un receptor o a un público que lo recibe. Es el aspecto formal de una circunstancia de comunicación en donde la naturaleza imprescindible de la sonoridad permea la acción. El término hebreo dabar se utiliza por ejemplo, tanto para designar a la palabra misma, como para decir “suceso”[14], es decir, algo que ocurre en un espacio y en un tiempo determinados y que una vez que se extingue no se repite más de la misma manera. Notamos cómo esta esencia sonora, y rítmica, constituye para la palabra hablada una realidad que es antes que todo, dinámica, diacrónica y por ello enteramente situacional. Pero es necesario precisar qué es lo que le otorga esta naturaleza y sobre todo cómo ella se interioriza en el hombre.

Primero que nada debemos considerar que sólo examinando las condiciones en que el sonido es percibido por el ser humano podremos acercarnos a comprender mejor la peculiaridad que este medio sensorial implica para la formación de un vínculo particular con el mundo exterior. Precisamente por eso, no podemos prescindir de centrar nuestra atención sobre los modos en que el cuerpo humano recibe y asimila los estímulos externos según su naturaleza. Música, canto, voz y palabra hablada, se encuentran irrevocablemente mediados por los diversos recursos rítmicos y sonoros que los constituyen. Pero ¿en qué se caracteriza la percepción auditiva y qué posibilidades permite en tanto que órgano acentuadamente receptivo?[15] Cualquier manifestación sonora externa que nos llegue por medio de los oídos siempre será experimentada “desde dentro” y a pesar de su ubicación exterior, los estímulos que nuestro cuerpo canaliza y los procesos fisiológicos y psíquicos que se desencadenan no pueden ser percibidos sino interiormente. En este sentido, el fenómeno acústico encuentra una fuerte oposición con el visual, proceso mediante el cual los cuerpos y sus formas son percibidos directamente desde el exterior, sin más. “La vista aísla; el oído une. Mientras la vista sitúa al observador fuera de lo que está mirando, a distancia, el sonido envuelve al oyente.”[16]

El hecho de descansar en un medio oral toda posibilidad no sólo de comunicación, sino de memoria social, nos introduce en una dinámica estrechamente vinculada a la comunidad. Podemos pensar que no hay cosa más absurda que hablar con nosotros mismos, sin embargo esto lo hacemos a cada momento del día y cuando no nos hablamos en el sentido estricto con nuestra propia voz, pensamos, en cambio, en nuestra mente, estableciendo un diálogo, sólo que ahora es nuestra “voz interior” la que habla, y también la que contesta. Una de las características imprescindibles del acontecimiento del habla es precisamente en diálogo, por eso al llevar a cabo este diálogo interno no hacemos sino reproducir constantemente lo que de hecho haríamos si en realidad nuestro interlocutor no fuéramos nosotros mismos. En el ejemplo que acabo de mencionar, somos nosotros quienes cerramos el circuito de los mensajes al hablarnos y respondernos al mismo tiempo. No existe tal cosa como una plática sin receptores, ni tampoco una narración sin oyentes, por eso cuando estamos solos a menudo recreamos esa relación. Es el mismo carácter de la palabra hablada el que exige un contexto, una situación social en donde el factor humano le permita fluir: “El acontecimiento no es solamente la experiencia tal como es expresada y comunicada, sino también el intercambio intersubjetivo en sí, el acontecer del diálogo.”[17] Cuando nos adentremos en el mundo de la escritura veremos porqué es imposible pensar en una reciprocidad comunicativa, puesto que la evidencia permanente del texto escrito lo hace, en cierto modo, irrefutable.

Pues bien, ¿cómo entender entonces una cultura oral? La oralidad es una facultad inmanente al hombre. Es, en principio, la base de toda comunicación, puesto que la propia escritura se funda en ella y, en última instancia, termina por regresar a ella. Pero una cultura oral no cuenta con la tecnología de la escritura, lo que la obliga a explotar al máximo los recursos que tiene, esto conduce lúcidamente a Ong a afirmar que “en una cultura oral, la restricción de las palabras al sonido determina no sólo los modos de expresión, sino también los procesos de pensamiento”[18]. Podríamos decir esto de otra manera: el pensamiento es la forma. La forma no es algo que se sobrepone a él, antes, es su cuerpo, el entretejimiento mismo y la fibra de sus elucubraciones. La tarea de adentrarnos en el mundo oral nos exige dilucidar esos procesos.

Aquel que se encuentra familiarizado con este tipo de culturas no puede evitar conceder especial importancia a los personajes que figuran como los “detentores” de la palabra. Es verdad que la palabra no le pertenece a nadie, ella no impone límites ni condiciones para su uso, pero la realidad es que los hombres sí lo hacen. El lugar de la palabra adquiere en muchas sociedades de este tipo una atención especial, ya que no sólo es el recurso primordial para la comunicación, ella es el conocimiento puro, y quien la posee es poseedor legítimo del conocimiento. El rapsoda[19] griego, el djeli mandinga y el tequina taíno, son una y la misma cosa: son los que “poseen” el conocimiento inmemorial y es en ellos en quienes recae la responsabilidad y el deber de “administrarlo” en su sociedad. Otra cosa nos llama la atención, este personaje es comúnmente al mismo tiempo poeta y músico, lo que, ya después de lo que hemos recorrido desde el comienzo de este ensayo, no hace sino confirmarnos la complicidad entre voz y música, entre palabra y canto. Como Gadamer apunta oportunamente “el arte del verso y el arte musical fueron sin duda inseparables.”[20]

La figura del narrador tradicional se vuelve así indispensable para afrontar las dinámicas de la cultura oral. Además de prodigioso músico y cantante, es él el único privilegiado para poner el mithos, el sagen[21], en acción. La historia, las genealogías, las grandes hazañas de los dioses, los poemas épicos, los refranes, proverbios, canciones, y la ley misma, forman parte de un vasto repertorio que se arraiga en su memoria para ser cantado y profesado con singular talento y virtuosismo. Es el sabio que habla creando un mundo y evocando lo hechos pasados en el presente continuo en donde, más que rememorar, reinterpreta, mediando así la experiencia colectiva con arte que es ciencia y magia al mismo tiempo. Sobre el narrador y el narrar nos dice Gadamer lo siguiente:

“El narrador introduce a los arrebatados oyentes en un mundo íntegro. El

oyente que participa toma, evidentemente, parte en ese mundo como una

especie de presencia del acontecer mismo. Lo ve todo ante sí en el sentido

convencional. Como es sabido, el narrar es también, sin duda, un proceso

recíproco. Nadie puede narrar si no tiene unos agradecidos oyentes que lo

acompañen hasta el final. Narrar no es nunca un informe exhaustivo del que

se puede “levantar acta”, como ocurre en el protocolo. Implica libertad para

seleccionar y libertad en la elección de los puntos de vista convenientes y

significativos.”[22]

El poeta oral es también el encargado de eliminar la discordia de la vida social y de reunir a la gente; tanto al rapsoda, como al djeli (nyamakala)[23], le corresponde la obligación de mediar entre las partes en tensión con la finalidad de “limar las asperezas” y resolver los conflictos cotidianos. Su figura juega un papel vital en la sociedad encontrando en la tradición oral, en la que ésta se fundamenta, su principal materia de conocimiento y la que define su profesión.

Pero ¿cómo es posible para el poeta tradicional guardar tanta información de forma precisa y confiable, y en consecuencia transmitirla a los demás sin distorsión alguna? Esta es una pregunta que nos conduce al dilema de si en realidad los medios en que se basa una cultura oral son realmente efectivos para la perpetuación del saber. Es evidente que la simple cualidad inmaterial y dinámica de estos medios representa una resistencia del conocimiento a mantenerse impermutable tras el paso del tiempo. Puede que los fines se orienten a evocar los hechos grandiosos y los valores hasta la eternidad, pero más bien encontramos que siempre es susceptible de darse un nuevo motivo a partir del cual sacar éstos a la luz, reajustando su sentido y ampliando su interpretación. Ya Lévi-Strauss, Beidelman y Leach “han señalado que las tradiciones orales reflejan los valores culturales contemporáneos de una sociedad antes que una curiosidad ociosa acerca del pasado.”[24] Esto queda muy claro, aunque no es en realidad lo que nos preocupa. Sabiendo que, de hecho, la irrevocabilidad es uno de los atributos fundamentales de oral, resulta más interesante aún encontrar que, no obstante, la tradición oral no es una forma de transmisión abandonada sin más a las contingencias del tiempo. Antes, su base misma se consiste en su afán por perpetuarse, llevándola a valerse de infinidad de recursos que la asimilan dentro de un conjunto –narración, imagen, música, representación ritual, etc.- que busca la coherencia.

La lingüistica ha dejado por sentado que los fonemas representan las unidades funcionales del sonido. Una palabra en la tradición oral es específicamente sonido y no una representación gráfica, como lo sería también, dependiendo de la perspectiva, para una sociedad con escritura. Goody ha señalado que a menudo nos podemos encontrar con que una lengua de una cultura oral que disponga de términos para “habla”, para una unidad rítmica de una canción, para un enunciado o para un tema, quizá no cuente con ninguna voz adecuada para “palabra” como categoría aislada[25]. La palabra es así una cosa que se nos presenta como tal, en su sentido estrictamente individual, solamente hasta que el pensamiento ha sido influido por la imagen visual que maneja el texto escrito. En su recorrido analítico sobre los diversos sistemas míticos, Lévi-Strauss se enfrenta a este problema haciendo notar que es imposible pensar en la palabra comounidad de cualquier cosa. De esta manera, introduce una nueva categoría para poder estructurar su análisis, el mitema, unidad básica de sentido del mito. ¿Se podría pues, pensar que el testimonio de la tradición oral esté constituido por fonemas, que a su vez formen palabras, y que éstas a su vez formen frases que se estructuren de variadas maneras?, ¿acaso no resultaría absurdo cuando ni el fonema ni la palabra constituyen una categoría para abordar el fenómeno que nos concierne? Tal vez obtengamos más certidumbre al revisar el papel que el mecanismo de la mnemotecnia juega en el pensamiento oral. La mnemotecnia es un recurso fundamental de las culturas orales y, en cierto sentido, puede llegar a cumplir los propósitos de la escritura puesto que apuesta por una “fijación” (más o menos flexible) de la palabra hablada. Además de las implicaciones de la relación palabra-música, extensas normas y fórmulas tienen como principal propósito la recuperación eficaz del testimonio. Havelock llega inclusive a decir que las necesidades mnemotécnicas determinan incluso la sintaxis[26], lo cual nos lleva a considerar la relevancia de la fórmula, en sí un conjunto estructurado, y ritmado, de palabras. La fórmula, además de funcionar como aide-mémoire en la tradición oral, implica una tendencia a la permanencia que ayuda a recuperar la forma lingü.stica total, lo cual le otorga un papel invaluable en el proceso de transmisión de los contenidos del testimonio. Lo que Schneider apunta desde una postura más holista al señalar que “Al igual que los fenómenos físicos y psicofísicos, donde los elementos se agrupan por “formas”, así también, en el fenómeno psíquico, se organiza por medio de formas o conjuntos rítmicos la percepción sensorial no sometida a la reflexión consciente”, Ong lo confirma contundentemente para el fenómeno oral en este argumento:

Las expresiones fijas a menudo rítmicamente equilibradas […] en las

culturas orales no son ocasionales. Son incesantes. Forman la sustancia del

pensamiento mismo. El pensamiento, en cualquier manifestación extensa, es

imposible sin ellas, pues en ellas consiste”[27].

En este sentido, el caso de los poetas griegos como Homero y Hesíodo (“el que emite la voz”), auque bastante controvertido en cuanto su situación frente a la escritura[28], nos pone en claro el hecho de que la constitución formularia del pensamiento es una condición vital de la tradición oral. Las creaciones poéticas de estos artistas de la palabra se construían con una serie de “bloques prefabricados” que éste disponía y acomodaba según la situación y sus propósitos narrativos. Estos “bloques”, llamados hexámetros, eran auténticas fórmulas que le facilitaban al poeta producir infinidad de versos métricos y precisos que trataran sobre los temas tradicionales. De esta forma “Odiseo es polymetis (astuto) no sólo por ser este tipo de personaje, sino también porque sin el epíteto polymetis no sería posible integrarlo fácilmente en el metro.”[29]

Si Homero y Hesíodo escribieron o no sus famosos versos, no se termina de resolver, pero de lo que no tenemos duda alguna es que ellos representan precisamente el paso de una tradición a otra, del mundo oral al mundo de la escritura. Esto lo constata la prueba de los escritos filosóficos más antiguos que se conocen, como los de Parménides y Empédocles, cuya estructura está formada a base de hexámetros homéricos. Otro ejemplo es el del mismo Platón, quien ya conociendo las posibilidades de la escritura adopta en algunos de sus escritos, como en el Fedro, el discurso mítico propiamente oral. El hecho de que la filosofía, un tipo de discurso que debe todo a la aparición de la escritura, manifestara estas reminiscencias del pensamiento oral, pone en evidencia la conexión que entre una y otra ha llevado a Gadamer a decir, con razón, que “[…] esa literatura incipiente pertenece al arte de recitar”[30]. Y ello no resulta demasiado aventurado si se tiene en cuenta la importancia del arte de la retórica, habilidad sumamente desarrollada y admirada en la Grecia antigua al igual que en todo el mundo oral. Saber hablar no es cosa fácil y mucho menos cuando en ella recae toda la atención de una sociedad que vela por el valor de las palabras, así que la oratoria no es una tarea para cualquiera. Tanto Aquiles como Odiseo “destacan entre los héroes por su habilidad con las palabras”[31].

Estas cualidades que hemos revisado son parte esencial del pensamiento y la expresión oral. La naturaleza sonora y rítmica de la palabra empuja a la conciencia a una dimensión particular que podemos distinguir como redundante, agonística, situacional, empática, dialógica y siempre permeada por la vitalidad del factor humano[32]. El mundo oral no puede ser concebido fuera de estas pautas ya que en ellas se funda el mismo fenómeno de lo oral. Cuando aparece la escritura en la historia del hombre, la totalidad se segmenta, el flujo de las “palabras aladas” de Homero se congela, y ello supone el advenimiento de cambios radicales en los procesos de pensamiento, facilitando otro tipo de acercamiento al mundo y revolucionando la conciencia. Nos corresponde ahora adentrarnos en las nuevas implicaciones que nacen de la asimilación del alfabeto y de la difusión de su uso en las sociedades.

Entre ópticas y figuraciones.

“El principio de que todos los límites son interrupciones artificiales

de lo que es continuo por naturaleza, y de que la ambigüedad,

que está implícita en el límite como tal, es una fuente de ansiedad,

se aplica tanto al tiempo como al espacio.”

E. Leach

“La palabra escrita, como depósito de la búsqueda de la expresión

apropiada, ha roto sus lazos con el sentimiento, el esfuerzo y el

dinamismo del pensamiento. La respiración, el canto y los ritmos

han terminado, y la figura toma su lugar.”

H. Bergson

Con los primeros rastros de la aparición del alfabeto se hace explícita la brecha entre el mundo oral y el mundo de la escritura. Ya desde las obras de Heródoto y de Tucídides se empieza a perfilar, a raíz de las relaciones y relatos de los sucesos de su época, la idea de una historia objetiva. Esta historia objetiva se ve fundada en un mecanismo descriptivo de eventos por parte de un observador situado, aparentemente a distancia, contándonos lo que vió. Por su parte, Jenófanes adopta una actitud crítica ante la inmoralidad de los dioses de la épica homérica y de los poemas de Hesíodo resaltando la relatividad que suponía el punto de vista del observador[33]. Heráclito subraya la arbitrariedad de las prácticas culturales y comienza a poner en tela de juicio porqué en algunas circunstancias “se considera que la sangre mancha y en otras que purifica”[34]. En fin, toda la tradición recientemente anterior es cuestionada, criticada y por supuesto refutada por parte de los nuevos “pensadores”. La figura del pensador libre, antes inconcebible –evidentemente en un ámbito profesional-, surge en gran parte como consecuencia de la revolución del pensamiento analítico y objetivo. Incluso Platón, que en el Fedro hace a Sócrates decir que la escritura es inhumana y que destruye la memoria al pretender establecer fuera del pensamiento lo que en realidad sólo puede existir dentro de él[35], no podría siquiera haber imaginado sus Ideas sin la influencia que el texto materializado de la escritura y la palabra como cosa había ya ejercido sobre él.

Las palabras no son ya sucesos como veíamos en la cultura oral, se han transformado en objetos, individuales y distinguibles de la totalidad de un contexto. La naturaleza visual de la grafía la aísla del conjunto que forma la suma de las partes y la despoja de toda fuerza dinámica. Es en realidad algo muy parecido a lo que lleva a Schopenhauer a ubicar la arquitectura como antípoda de la música: “[…] Son además las más heterogéneas; en realidad, verdaderas antípodas por su esencia íntima, su potencia, la extensión de sus propias esferas y su significación; este contraste se extiende incluso a la forma de su manifestación: la arquitectura existe sólo en el espacio, sin ninguna referencia al tiempo, y la música existe sólo en el tiempo, sin ninguna referencia al espacio”[36] Esta aniquilación inmediata del ritmo y de la musicalidad –lo temporal- de la palabra permite, en consecuencia, su fijación; con ello nace el documento, la evidencia por excelencia, lo constatable. “Gracias a la escritura, las obras del lenguaje se vuelven tan autocontenidas como las esculturas”[37]. La dimensión espacial gana lugar frente al tiempo, y es precisamente este dislocamiento entre el movimiento de las formas y la forma misma lo que implica que el acontecimiento se desvanezca y sólo quede una cosa en su lugar: la cristalización del sentido.

Cuando nos situamos en el ámbito de la oralidad lo que se dice no es lo único que importa, es preciso considerar cómo se dice y con qué medios se dice. La referencialidad del lenguaje incluye una serie de gestos, entonaciones y acciones que lo acompañan transmitiendo un mensaje íntegro en el que se conjuntan todos estos canales de comunicación. Paul Ricoeur, quien retoma de Austin algunos de sus análisis, enfatiza tres tipos de actos que intervienen en la dinámica del habla los cuales resumiremos así: 1) el acto locutivo: decir algo; 2) el acto ilocutivo: hacer algo al decir algo; 3) el acto perlocutivo: producir algún efecto al decir algo. De estos tres actos los dos primeros están en manos del hablante, mientras que el tercero escapa de él. Sin pretender ir más allá de esto, lo único que me concierne es hacer notar la variedad de factores que se dan en el acto del habla. Por el contrario, en la escritura, el autor de un texto no está en relación con nadie cuando escribe; sólo son él y su pensamiento los que intervienen en la producción de la obra y esto tiene consecuencias determinantes.

¿Podemos acaso pensar en la noción de “artista” del mismo modo en una cultura oral que en una con escritura?, ¿son, de entrada, los mismos fines los que persiguen uno y otro? Sin duda, es probable que ambas coincidan en cuanto a la destreza y la sensibilidad, a las capacidades de la persona para crear y animar algo que nace de él, pero encontramos una diferencia sustancial en lo que se refiere a la producción de la obra de arte y su contexto. Como hemos visto ya, la atmósfera en la que se inserta el leguaje oral, el ritual por ejemplo, persigue determinados fines que no pueden llegar a su realización si no cuentan con una comunidad que la vive en un aquí y un ahora. La experiencia del mensaje, el acontecimiento, es pues, definitivamente colectiva. El artista occidental y el escritor trabajan a solas en su estudio, se sumergen en un proceso mental individual que los lleva a equiparar su obra con una “creación absoluta”, que única y solamente llega a un público hasta que ésta es terminada y consigue los medios o los lugares para su difusión. Sin embargo, una vez llegado este momento, es –a excepción del teatro, la música y la danza, artes rítmicas y sonoras por naturaleza- la obra, y no el autor, quien entra en contacto con los espectadores. Esta es una cuestión que encuentra sus principales móviles en el concepto mismo de arte que se tenga en mente. En una cultura oral tal noción, respondería a fines pragmáticos y estéticos; en las culturas modernas los fines son puramente estéticos, pero también espirituales.

Si tomamos el ejemplo de la escultura griega veremos cómo la imagen del cuerpo se transforma con el tiempo desde la época minoica hasta alcanzar su mayor algidez en la perfección de la forma. Hay un desarrollo artístico que se manifiesta patentemente en la naturaleza objetiva y realista de la representación. No observamos curvas acentuadas y proporciones exageradas como en las esculturas africanas, dominadas por un contexto que rebasa al símbolo mismo, sino una sutileza que se aproxima discreta, pero fielmente, al mundo real en el que se inspira. La proporción y el volumen se trabajan cuidadosamente imprimiendo en la piedra y en el bronce la fuerza condensada de ese mundo en el plano material. Y ello no responde más que a las mismas condiciones que para la escritura representa ya no sólo a la linealidad de su estructura, sino una serie de nuevas posibilidades de pensar las cosas del mundo a partir de sus figuras, esas singularidades que antes el ritmo imposibilitaba concebir como entes propiamente aislados del todo en el que se fusionaban. Lo real se convierte entonces en algo cuyos elementos son identificables en su individualidad y por ello contrastables con los demás, volviendo al conjunto material y temporal susceptible de fragmentarse, de cuantificarse y así, de analizarse.

Paradójicamente es también a raíz de la propia música que las capacidades de abstracción en el hombre se empiezan a sofisticar. La división del sonido, que cataliza la construcción de las teorías pitagóricas, es el principio de la geometría y de las matemáticas. Lo enumerativo, lo racional, prevalece sobre lo sensorial y lo emotivo, lo que inclina al espíritu del hombre a buscar la esencia de los fenómenos en la presencia del logos, que como imagen abstracta, algo que pretende ser una “instantánea” magnífica de cualidades y atributos, ofrece su revelación. La naturaleza cambiante de los fenómenos es cuajada en abstracciones, juicios y silogismos que encierran su verdad o su esencia. Desde este momento la conciencia se encarga de ver en el ser de las cosas lo que trasciende sus transformaciones para encontrar aquello que no cambia, lo que es siempre. Este carácter permanente del logos entra directamente en conflicto con el carácter etéreo del mithos. Aristóteles, por ejemplo, encuentra en este último la oposición natural a lo que es verdadero[38]. El distanciamiento entre el hombre y lo real constituye el giro que hace que su pensamiento se consolide en un sistema apartado y autónomo, y ello genera un fuerte contraste con el pensamiento de la cultura oral en donde “Aprender o saber significa lograr una identificación comunitaria, empática y estrecha con lo sabido, identificarse con él. La escritura separa al que sabe de lo sabido y así establece las condiciones para la “objetividad” en el sentido de una disociación o alejamiento personales”[39]

Estamos hablando, sin exagerar, de un cambio trae consigo resultados sin antecedentes en la historia del hombre. Como hemos visto, la introducción del alfabeto convierte a palabra en un signo visual, aunque a pesar de esto su esencia inmaterial nunca se pierde. No obstante, este signo llega para quedarse, y sus consecuencias son interminables. Más concretamente, podemos encontrar en la exposición de Ong algunas de estas consecuencias: “Es obvio que una cultura oral no maneja conceptos tales como figuras geométricas, categorización por abstracción, procesos de razonamiento formalmente lógico, definiciones, o aun descripciones globales o auto análisis articulados, todo lo cual no se deriva sólo del pensamiento mismo, sino del pensamiento moldeado por textos. […] Las personas que han interiorizado la escritura no sólo escriben, sino también hablan con la influencia de aquélla, lo cual significa que organizan, en medidas variables, aun su expresión oral según pautas verbales y de pensamiento que no conocerían a menos que supieran escribir”[40].

El desplazamiento del sonido a la imagen revoluciona la conciencia. Dejando atrás la apropiación del mundo a través de la imitación de sus ritmos, se eleva hacia su dominio intelectual a través de la abstracción del signo. Empero, no debemos olvidar lo mucho que la escritura tardó en ser completamente asimilada, y esto se nota claramente en los recursos narrativos que todavía conservan su cualidad fundamentalmente oral. En la Edad Media, la escritura presenta textos filosóficos y teológicos a manera de objeciones y respuestas, de manera que el lector puede imaginarse un debate total[41]; los trovadores, aun contando ya con la capacidad para escribir sus poemas, necesitaban de la figura imprescindible del juglar, quien difundía con su canto y música estas creaciones compuestas para ser cantadas a un público que no sabía leer ni escribir. Pero una cosa es innegable, toda posibilidad de estudio, de ciencia –en un principio indiferenciada de la filosofía-, de arte, como se entiende occidentalmente, y de pensamiento conceptual, aparece como efecto de la escritura. La escritura hace capaz, además, la comunicación directa del pensamiento a través del texto sin la etapa intermedia del lenguaje hablado, y con ello la consolidación del discurso propiamente dicho, materializado y abierto a la interpretación.

Los mundos posibles.

“Una tradición no suscita ningún problema filosófico

siempre que vivamos y habitemos dentro de ella en

la ingenuidad de la primera certeza. La tradición

solamente se vuelve problemática cuando

esa primera ingenuidad se pierde.”

P. Ricoeur

Probablemente nuestro principal interés de estudiar el papel del ritmo y la música en las culturas orales se orienta a lograr un atisbo de las implicaciones que entran en juego en sus sistemas de comunicación. Nos queda claro que la confrontación entre las dinámicas cognitivas orales y la visuales ilustran el hecho de que los cambios radicales en los mecanismos del conocimiento, cada uno valiéndose de sus propias reglas, influyen directamente en los procesos y en los resultados de la mente humana, y de ahí hemos partido para enfocarnos en las formas en que esta influencia se cristaliza generando pautas de pensamiento cualitativamente diferentes. Estos dos sistemas de pensamiento han sido definidos por Lévi-Strauss en El pensamiento salvaje como los que constituyen la lucha entre la imagen y el concepto, el mundo sensible (concreto) y el mundo abstracto, el universo de la acción humana y el universo de las categorías lógicas. Su declaración, a menudo citada, de que “el pensamiento salvaje totaliza” pasaría a ser, en términos de Walter J. Ong, “la mente oral totaliza”[42].

En cuanto al pensamiento moldeado por la escritura, podemos decir que el mundo moderno está en deuda con él, puesto que representa el principal motivo por el cual ha sido posible la estructuración del mundo tal y como ahora lo concebimos. El proceso de la escritura es ya parte elemental en la forma en que nuestra aproximación a lo real se desarrolla. El plano visual ha hecho de la materia nuestra principal fuente de conocimiento, en detrimento del plano acústico más fino y más sublime, pero también más “inestable”. Y esto es exactamente lo que entra en conflicto en el espíritu del hombre moderno, anclado en la incuestionable evidencia del objeto en el que funda toda licencia para hablar de verdad. Por otro lado, y como respuesta a multitud de factores, principalmente políticos y económicos, lo comunitario se ha debilitado configurando una realidad social mediada por la prueba del texto. Esta institucionalización de la escritura es, en gran medida, responsable de una dinámica en la que las relaciones entre el individuo y su sociedad se han formalizado a tal grado que el factor humano ha sido relegado a un segundo término, privilegiando la “verdad permanente” de la palabra escrita. Ello ha sido la causa de un doble uso que encuentra su manifestación más exacerbada en el ámbito político, en donde frecuentemente se suele amparar sobre la legitimidad del discurso que exalta un “deber ser” convenientemente elaborado cuando en realidad las acciones que se ejecutan no se corresponden. El hecho de que la escritura se preste a la manipulación de los modos discursivos suscitando a veces la hipocresía y la tergiversación es una paradoja del documento que nos invita a una reflexión seria sobre el asunto. Estaríamos orientados a ver en la historia del Estado moderno la tendencia a valerse de esta ventaja para construir una imagen de sí mismo que difícilmente encuentra proyección en el mundo real. No obstante, las posibilidades del discurso escrito son infinitas y eso es lo que hace de él algo tan valioso.

Para Ricoeur “Gracias a la escritura, el hombre y solamente el hombre cuenta con un mundo y no sólo con una situación”[43], y es aquí donde descansa el meollo del asunto. Es esta “autonomía semántica” del texto escrito, como él la define, su más preciada cualidad para expandir los mundos posibles. Con ello felizmente ocurre lo que Gadamer llama una “fusión de horizontes”, en donde el autor y el lector se encuentran en un mundo común que es el texto en su conjunto. No es ya el diálogo lo que caracteriza a la comunicación; si acaso como un diálogo interno a partir de la evocación del texto, es la interpretación lo que abre el circuito, lo que expande sus propios límites. En todo caso no nos podemos quedar con el texto en sí mismo, su valor recae en la capacidad para convertirse en algo a partir de lo cual dar vida a nuevas ideas. El acontecimiento sigue apareciendo como fuerza motriz de la significación; pero aún así, lo contingente se debilita frente a un discurso plasmado que, libre de toda temporalidad, logra encerrar en su materialidad la significación misma, es decir, su sentido.

Hasta aquí llega lo que este ensayo ha podido rescatar de la discusión sobre las diversas cualidades del pensamiento humano dependiendo de sus recursos y sus mecanismos generales. Más que buscar conclusiones finales me considero satisfecho si este trabajo ha podido exponer, aunque de forma sucinta, con claridad y coherencia la diferencia sustancial entre procesos cognitivos orales y visuales (gráficos). Además, si ello contribuye a fomentar la inquietud por investigar más a fondo estos procesos, sus funcionamientos específicos y sus alcances particulares, habrá hasta excedido sus propósitos. Valga reiterar que lo que aquí se ha elaborado es en principio una particular interpretación sobre las implicaciones perceptivas, temporales y espaciales, en la estructuración del conocimiento. Y como interpretación es un “proceso por el cual la revelación de nuevos modos de ser –o nuevas formas de vida- da al sujeto una nueva capacidad para conocerse a sí mismo”[44].

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Notas:

[1] Aunque no todos, la gran mayoría de los animales, y todos lo mamíferos que conocemos, cuentan con los órganos sensoriales de la vista y el oído. Esto involucra en consecuencia, su capacidad para percibir tanto las dimensiones espaciales en las que se mueven, como las vibraciones sonoras por medio de las cuales reciben estímulos de su entorno y se relacionan con los de su especie.

[2] Ibíd., p. 36.

[3] El guiador y maestro de ceremonias, era considerado como “el único que tiene la palabra sacra”. Ortiz, Fernando, La africanía de la música folklórica cubana, La Habana, Letras Cubanas, 2001, p. 51.

[4] Ibíd., p. 41.

[5] Severi, Carlo, La memoria ritual. Locura e imagen del blanco en la tradición chamánica amerindia, Ecuador, Ediciones Abya-Yala, 1996, p. 42.

[6] Schneider, Marius, El origen musical de los animales-símbolos en la mitología y la escultura antiguas, op. cit., p. 45.

[7] Leach, Edmund, Cultura y comunicación. La lógica de la conexión de los símbolos, Madrid, Siglo XXI, 1981. p. 65.

[8] Ibíd., Pp. 57-58.

[9] Ibíd., p. 69.

[10] Duranti, Alessandro, Antropología lingü.stica, Cambridge University Press, Madrid, 2002, Pp. 292 y ss.

[11] Ibíd., p. 300.

[12] Ricoeur, Paul, Teoría de la interpretación. Discurso y excedente de sentido, México, Siglo XXI, 2006, p. 23.

[13] Walter J. Ong diferencia en su libro Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra. (México, F.C.E. 1987), a las culturas que cuentan con escritura de las culturas orales primarias, es decir, aquellas que no conocen la escritura bajo ninguna forma y en donde el medio efectivo de transmisión del conocimiento se sustenta en la palabra hablada, a raíz de la cual llega a generarse una tradición oral. Esta tradición es, a grandes rasgos, el complejo de conocimientos guardados en una memoria colectiva que afirma su difusión respondiendo a determinadas prácticas y métodos por medio de los cuales se contiene y se refleja el conocimiento de una sociedad.

[14] Ibíd., p. 78.

[15] “Físicamente todos los sentidos humanos poseen una naturaleza receptiva; pero desde el punto de vista psicológico el oído parece tener una naturaleza particularmente receptiva, mientras que el ojo, que se puede mover, abrir y cerrar a voluntad, tiene una naturaleza más activa.” Schneider, Marius, El origen musical de los animales-símbolos en la mitología y la escultura antiguas, op. cit., p. 44.

[16] Ong, Walter J., Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, op. cit., p. 75.

[17] Ricoeur, Paul, Teoría de la interpretación. Discurso y excedente de sentido, op. cit., p. 30.

[18] Ong, Walter J., Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, op. cit., p. 40.

[19] Del griego rhapsoidein, que significa literalmente “coser canciones”.

[20] Gadamer, Hans-Georg, Mito y razón, España, Paidós, 1997, p. 110.

[21] Ambos términos, uno en griego y el otro en alemán significan “discurso”, “proclamación”, “notificación”, y en su sentido amplio, “decir”.

[22] Gadamer, Hans-Georg, Mito y razón, España op. cit., p. 32.

[23] En todo el territorio del Manden (desde Senegal hasta Cote D’Ivoire, y desde Guinea y Mali hasta Burkina Faso) los nyamakala eran –y siguen siendo ahora- un grupo social definido con prerrogativas instituidas sobre de la palabra, el canto y la técnica (djeli, herreros, peleteros y talladores de madera) encargados de “lidiar” con el nyama, el poder prístino de la energía que anima las fuerzas de la naturaleza.

[24] Ong, Walter J., Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, op. cit., p. 54.

[25] Goody en Ibíd., p. 65.

[26] Havelock en Ibíd., p. 41.

[27] Ibíd., p. 41.

[28] Ong, por ejemplo, argumenta basado en las investigaciones de M. Parry y Havelock que las obras de ambos poetas fueron estrictamente orales debido a su identificable carácter formular (Ibíd., Pp. 25-37), mientras que Osborne considera que el virtuosismo de sus creaciones (casi 16 000 versos en la Ilíada y otros 12 000 en la Odisea) no habría podido ser posible sin el conocimiento de la escritura (Osborne, Robin, La formación de Grecia 1200 – 479 A.C., Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1996, Pp. 166 y ss.).

[29] Ong, Walter J., Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, op. cit., p. 63.

[30] Gadamer, Hans-Georg, Mito y razón, op. cit., p. 109.

[31] Osborne, Robin, La formación de Grecia 1200 – 479 A.C., op. cit., p. 187.

[32] Ver la caracterización más detallada que hace Ong (Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, op. cit., Pp. 43-62.

[33] Osborne, Robin, La formación de Grecia 1200 – 479 A.C., Barcelona, op. cit., Pp. 16-17 y 371-372.

[34] Ibíd., p. 372.

[35] Ong, Walter J., Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, op. cit., p. 82.

[36] Schopenhauer, Arthur, Pensamiento, palabras y música, Madrid, Edaf, 2003, p. 185.

[37] Ricoeur, Paul, Teoría de la interpretación. Discurso y excedente de sentido, op. cit., p. 46.

[38] Gadamer, Hans-Georg, Mito y razón, op. cit., p. 26.

[39] Ong, Walter J., Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, op. cit., p. 51.

[40] Ibíd.., Pp. 60-61.

[41] Ibíd., p. 104.

[42] Ibíd., p. 169.

[43] Ricoeur, Paul, Teoría de la interpretación. Discurso y excedente de sentido, op. cit., p. 48.

[44] Ibíd., p. 106.

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