El Cuerpo de las Brujas

El cuerpo de las brujas

Isabel Guasch

Etnología

Escuela Nacional de Antropología e Historia

corazonacorazon@gmail.com

Con frecuencia el fenómeno de las brujas ha sido abordado por algunos autores como un problema singular de género, de clase o de lucha de saberes. Si bien el surgimiento del concepto de bruja, situado en la Edad Media en Europa, contiene algo de esto, el problema es mucho más vasto. La reducción del fenómeno a una sola perspectiva de análisis produce fragmentación y confusión. Las brujas son personajes heterogéneos y surgen en la interacción entre elementos de varias índoles.

Algunos planteamientos consideran que las brujas eran en su mayoría “mujeres de saber”, que por poseer un conocimiento ajeno a la medicina oficial (que en ese entonces se encontraba en manos de los hombres) eran desprestigiadas e indeseables. Igualmente se piensa que la magia se oponía a la ciencia y a la religión, y era considerada superstición dentro de una relación vertical impositiva. Si bien estos enunciados forman parte del proceso de construcción de las brujas, los elementos que las conforman son muy variados y se relacionan de manera dinámica y fluida. Las brujas medievales fueron una experiencia colectiva, pero su expresión se daba de manera particular. En este sentido, el equilibrio dentro del conjunto de factores que intervenían en su creación era variable; quizás en algunos casos el acento iba más sobre la oposición femenino- masculino, mientras que en otros el peso se inclinaba sobre el miedo que provocaban, cuando no era más que un asunto de envidia y rivalidad entre mujeres, un enfado por la falta de eficacia en los remedios y conjuros efectuados, o simplemente un ejemplo de moral. Lo cierto es que todos estos ejemplos forman parte del complejo cultural que son las brujas.

Por otro lado, es importante señalar que la brujería no era algo propio de las denominadas brujas. Más bien era un elemento que se compartía entre éstas y quienes las consideraban como tales. Sin un juicio que tácitamente aceptara la creencia en las brujas y en la brujería, éstas no hubieran surgido. La categoría de bruja es por lo tanto una experiencia que pertenece a la sociedad en general, aunque dependiendo de las regiones y los contextos variaban las creencias que hacían que algunas mujeres recibieran dicha denominación y la vivieran, cuando no eran imaginarias.

Consideramos a las brujas como un proceso de creación cultural, como una totalidad constituida en la correspondencia entre elementos sociales, simbólicos, lingüisticos, prácticos, literarios, imaginarios, etc. Las brujas medievales eran mujeres reales que la Inquisición mandó a la hoguera, pero también eran personajes imaginarios construidos por la literatura y el folklore popular que vivían en el bosque y preparaban pociones con grasa y huesos de niños. Estas características son las que permiten el análisis desde la perspectiva de la antropología, con una visión incluyente.

La bruja es el producto de un sistema total, de una racionalidad específica -en este caso la de la Edad Media europea- constituida por la religión cristiana y por el Estado feudal en transición hacia la modernidad, la cual creó como contraparte una irracionalidad en la que se ubican las brujas. Proveniente del pasado hebreo, clásico y de la influencia oriental, la bruja medieval era la hechicera conocida por su capacidad mágica, por su cualidad encantadora y por su relación con la fertilidad, pero con un matiz diabólico. En la lógica hegemónica de la época, marcada por la moral cristiana, las mujeres eran consideradas seres impuros, capaces de seducir al hombre conduciéndolo al pecado; la sexualidad era considerada únicamente necesaria para la reproducción, por lo que se le condenaba si se practicaba para otros fines; la iglesia era la profesora de la verdad y la magia se sancionaba en tanto superstición malvada. Lo cual hacía de la bruja un personaje a la vez real e imaginario que siendo parte de la cultura, creaba cultura. A través de la creencia en ella, de su existencia, sus actos, su apariencia, palabra y magia, la bruja conjuga pensamientos, acciones y palabras que la crean al mismo tiempo que le confieren la posibilidad de crear, entendiendo el proceso de creación cultural como la incesante producción y función de símbolos y acciones en los que vive la sociedad.

Desde la perspectiva de la eficacia simbólica de Lévi-Strauss (1987) acerca de la magia, se entiende que para que las brujas tengan el poder de la brujería, deben estar insertas en una sociedad que cree en ellas y que comprende el significado de los símbolos que les son propios. Debe existir el concepto de “bruja” en la relación de símbolos reales e imaginarios para que estas puedan ser los personajes principales de aquelarres, cuentos, hogueras y maleficios. Lo cual otorga a las brujas el poder de la magia maligna y las hace capaces de pronunciar conjuros que provocan acciones nefastas en contra de personas -como enfermedades y muerte-, o bien que les permiten manipular a su favor los elementos naturales -como la lluvia y el granizo.

Característicos de la brujería, los conjuros e invocaciones son creaciones poéticas, ya que responden a cierto ritmo, forma y tono; además plasman creencias a través del lenguaje y tienen el poder de provocar actos. Las palabras de las brujas, como el lenguaje en general, contienen la llamada “función poética” de Jakobson (1982) es decir que expresan el carácter poético propio del contexto social que las pronuncia, sin ser creadas con un propósito específicamente literario. Asimismo, el maleficio de las brujas es un acto de comunicación total, ellas son malditas por pronunciar y practicar el mal. El conjuro no se concreta como tal si no se encuentra dentro de un contexto simbólico que lo comprende, sin alguien que lo pronuncia y alguien que lo recibe, con un significado específico. En la brujería el emisor es la bruja, el receptor la víctima, el mensaje el conjuro; todos estos elementos se encuentran situados en un contexto simbólico que les permite ser entendidos y les procura eficacia. Digamos que un conjuro siempre se encuentra anclado en una red simbólica, siendo un símbolo en acción tal y como la entiende Burke (1970). El límite entre la palabra pronunciada y el contexto en que es pronunciada no es más que un espejo, se corresponden. La magia en general y específicamente la brujería lo ilustra claramente: hay elementos invisibles que se relacionan con palabras y con acciones provocadas sobre objetos o personas reales; en un flujo que no distingue lo simbólico de lo material, la magia y los conjuros se encarnan en el cuerpo. La magia incluye y necesita que los símbolos y las cosas se encuentren al mismo nivel para actuar eficazmente.

En este mismo sentido, las brujas pueden ser consideradas seres liminales, pues además de ser mujeres de carne y hueso son la encarnación del diablo, transgresoras de la norma social y tienen la capacidad de interactuar entre el mundo social y el mundo sobrenatural a través de la palabra y de su magia. Además, su figura es un símbolo que integra varios significados y se sitúa en la transición entre el día y la noche, entre lo bello y lo feo, entre lo bueno y lo malo.

“Decir es hacer”, plantea Austin (1982). Nadie mejor que una bruja para dar cuenta de esto. La maldición significa etimológicamente mal/ decir que es la acción de pronunciar palabras con malas intenciones para provocar el mal. La bruja, además de tener el mismo poder que cualquier hablante para provocar acciones a partir de su palabra, es malvada por el pacto que establece con el diablo; sus maldiciones enamoran o matan. Además, para los eclesiásticos, portadores de la verdad a través del Verbo, el discurso de las brujas no era más que simple retórica o superstición, como lo propone Burke (1970). Las brujas son consideradas engañosas y persuasivas en su hacer y en su decir.

Con base en una interpretación de la Biblia, se creó el pecado sexual, y como parte del mismo proceso creativo surgieron las brujas que son quienes practican este pecado por excelencia. La bruja simboliza lo impuro del sexo y se cree que lo practica con el demonio. Esto apunta de nuevo a la idea de cómo el concepto conlleva la práctica, lo cual se puede explicar gracias a la metáfora, considerada como un mecanismo de la imaginación y de la existencia humana en general, y no únicamente como una imagen literaria.

“Bruja” es un proceso de creación cultural que involucra aspectos lingüísticos, simbólicos, sociales, emocionales, teológicos, imaginarios, etc. A través del tiempo y en distintos espacios, “bruja” ha designado experiencias heterogéneas. Creer en brujas es crearlas. ¡Cuando la metáfora da la posibilidad de “ir más allá”, la bruja tiene la posibilidad de contactar con “el más allá”! Si una sociedad cree en dicha cualidad y la confiere a mujeres con características físicas como la fealdad, las greñas, el mal aliento y la vejez, entre otras; y relata o escribe narraciones acerca de estas mujeres capaces de contactar con el más allá condenándolas por su acción nefasta, es la metáfora la que se encuentra en acción. Tomar imágenes reales como una escoba, un gato negro y una anciana, asociarlas a la magia y a la maldad a través de la metáfora, es llevar “más allá” significados que en cierto nivel no son más que una herramienta de limpieza, un felino doméstico y un ser humano femenino de edad avanzada. Ese “más allá” se convierte en “más acá” gracias al mecanismo metafórico a través del cual se creó un nuevo significado para la asociación: escoba, gato, vieja, magia, mal. Ese nuevo significado se reconoce bajo el símbolo lingü.stico “bruja”, que a su vez tiene un origen etimológico. En algunas lenguas europeas es el siguiente:

– Español: bruja, posiblemente del celta ver ouxa que significa “muy alta” o del latín voluculum que encierra la idea de envoltorio o volucula, que alude a la idea de volar.

– Italiano: strega, del latín strix que significa pájaro nocturno.

– Francés: sorcière, del latín sortes que significa pronunciar auspicios.

– Inglés: witch, del sajón wicce que significa sabia.

– Alemán: hexe, que refiere igualmente a la sabiduría.

Siendo que el discurso de la religión cristiana medieval empleaba un recurso retórico para sustentar su propia veracidad y su bondad, esta institución creó su opuesto para afirmarse como la profetiza de la palabra de Dios y combatiente del mal. Dentro de esta lógica, bruja se opone a Virgen. Del mismo mal que nacen las brujas, se desprenden los pecados, entre los cuales la lujuria es fundamental para quien cree en las brujas. En la metáfora un concepto enriquece y propicia la creación de otro, dentro de una interacción recíproca. Se puede observar a este respecto cómo a la mujer se le asocia en su forma positiva a la maternidad y la gestación, mientras que en su forma negativa a la mortandad y la destrucción. A través de la metáfora, una mujer bondadosa se asocia con la madre, creando la imagen ideal de Virgen, mientras una mujer malvada es considerada lujuriosa y caníbal, lo cual alimenta la idea de bruja.

Para analizar lo anterior se puede partir de un ejemplo lingü.stico como las plegarias; el “Ave María” es pronunciado para adorar a la Virgen y se le asocia a su imagen, como a las actitudes y gestos considerados por la Iglesia como propios de la Madre.

Dios te salve María

Llena eres de gracia

El Señor es contigo

Bendita eres entre todas las mujeres

Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, madre de Dios

Ruega por nosotros los pecadores

Ahora y en la hora de nuestra muerte.

En su forma negativa, los atributos de la Virgen plasmados en el Ave María tendrían las siguientes correspondencias en el personaje de la bruja:

La Virgen                                                                  La bruja

Dios                                                                               Demonio

Gracia                                                                           Desgracia

Bendita, mujeres                                                        Maldita, monstruosa

Tu vientre                                                                     Tu sexo

Madre                                                                           Bruja

Los pecadores/concebir sin pecado                             La pecadora

Además, la bruja fungía como ejemplo práctico de lo indeseado, lo profano y digno de ser castigado en las mujeres cristianas y civilizadas del Medioevo y de la actualidad. En conclusión, la bruja no existiría sin caldera, hierbas mágicas, escoba, orgías diabólicas, herejía, cuentos de hadas, juicios civiles y religiosos; pero sobre todo, sin la correspondencia entre éstos. Para que existan brujas, por lo menos, deben existir conjuros, personas que crean en brujas, ciertas mujeres sean temidas y castigadas.

A partir de la Edad Media europea, se llama “bruja” a ciertas mujeres, se imagina el mundo de las brujas, se cuentan y escriben relatos sobre ellas, se torturan y queman acusadas por brujería; desde entonces las brujas existen más allá de las propias brujas, son personajes creados en el seno de un proceso de creación cultural diverso y fluido, capaz de volar en escoba…

Bibliografía:

Austin, John L. Cómo hacer cosas con palabras. Paidós. España. 1982.

Burke, Kenneth. Retórica de la religión. FCE. México. (1961) 1970.

Jakobson, Roman. Ensayos de poética. FCE. México. 1982.

Lévi-Strauss, Claude. Antropología estructural. Paidós. Argentina. (1974) 1987.

Turner, Víctor. Antropología del ritual. INAH. México. 2002.

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